Estudiantes migrantes e inclusión escolar: “La necesidad de transitar hacia un liderazgo para la justicia social”

Columna de : Omar Aravena Kenigs

Jefe de Proyecto “Prácticas de gestión y liderazgo de los equipos directivos en el marco de la Ley de Inclusión Escolar¨

La reciente puesta en marcha de Ley de Inclusión Escolar supone un gran avance,
en cuanto favorece la igualdad de oportunidades para miles de niños, niñas y
jóvenes, especialmente al poner fin al lucro y la selección arbitraria de estudiantes
en un número importante de establecimientos escolares, otorgando mayores
garantías de acceso y permanencia a un sistema educativo que propende
alcanzar, cada vez, mayor calidad. En este sentido, la implementación de la Ley
conlleva la responsabilidad de entregar una adecuada respuesta a la creciente
diversidad étnica y cultural presente en nuestras escuelas y liceos.
En la actualidad, más de 61 mil estudiantes migrantes son parte del sistema
escolar chileno, cifra que ha aumentado con fuerza en los últimos años y se
mantiene en alza . Por tanto, la necesidad social que implica asegurar la adecuada
inserción y aprendizaje de estos estudiantes, necesariamente demanda repensar
los estilos de liderazgo presentes en nuestras escuelas. Más aún, si consideramos
la cultura tradicional que las caracteriza, donde muchas veces el principal
obstaculizador para la inclusión es la actitud de los propios actores educativos:
directivos escolares focalizados en la rendición de cuentas, docentes que
reconocen la diversidad como una desventaja para el logro de resultados y
apoderados que valoran aquellos establecimientos donde acuden estudiantes de
procedencia económica y características socioculturales similares a las de sus
hijos e hijas.
Frente a este escenario complejo, el liderazgo escolar es reconocido
ampliamente por la literatura como un factor determinante para eliminar las
barreras que generan exclusión. En este sentido, es preciso que los equipos
directivos y docentes transiten hacia un “liderazgo inclusivo” o “liderazgo para la
justicia social” (Booth & Ryan, 2016; Ainscow, 2015; Echeita, 2013). Este estilo
de liderazgo, pone su énfasis en la construcción de una organización educativa
que valora las diferencias culturales, sociales y personales, generando instancias
de participación democrática de todos y todas sus integrantes, especialmente de
aquellos colectivos que tradicionalmente son excluidos.
En otras palabras, el liderazgo para la justicia social es una tarea colectiva, posible

de alcanzar cuando se construyan relaciones horizontales y se considera el aporte
de todos los integrantes de la comunidad educativa. El liderazgo inclusivo
promueve prácticas congruentes a la búsqueda del bien común, donde uno de las
principales desafíos consiste en reflexionar conjuntamente y tomar conciencia de
las distintas formas de exclusión presentes en la escuela, reconociendo aquellas
prácticas arraigadas en los distintos actores que son necesarias erradicar,
especialmente aquellas que afectan en proceso de aprendizaje.
Precisamente, una las formas de exclusión reconocidas en la escuela, es la
manera en que se aborda el currículum, donde comúnmente los saberes
culturales de las llamadas “minorías” se invisibilizan, asimilan o simplemente se
reducen a actividades anecdóticas que no hacen más que folclorizar la identidad
de este grupo de estudiantes. A este respecto, un liderazgo para la justicia social
asume la diversidad como una oportunidad para gestionar mejores escenarios de
aprendizaje, donde se flexibiliza el currículum, se intenciona el diálogo, el
reconocimiento y la valoración de los distintos saberes culturales.
En conclusión, la incorporación de estudiantes migrantes al sistema educativo no
se traduce en una mayor inclusión escolar. Para ello, se precisan líderes escolares
capaces de construir relaciones dialógicas, donde se reconozca y valore las
diferencias existentes (etnia, raza, sexo, religión entre otras). Además, donde la
escuela sea un espacio abierto a las familias y se considere su aporte propositivo
en la construcción de los proyectos educativos. Por último, se necesita un
liderazgo capaz de acompañar a los docentes en su desarrollo profesional, que
promueva una cultura de altas expectativas centrada en los estudiantes, teniendo
como premisa el derecho fundamental de una educación de calidad para todos y
todas.